La crostata viajera

Esta es la historia de una crostata.

Aquí habría que parar y contar unas cuantas cosas. Por ejemplo, que al llegar a España descubrí que aquí no existían las crostate (tragedia). En mi casa (y quizás en la de todo italiano) la crostata infundía mucho respeto, porque conseguir la masa correcta era tema de conversación en las cenas de Navidad. La crostata es tan comfort food que incluso la merendina por antonomasia en Italia es la crostatina del Mulino Bianco (sobre esto quizás habrá discusiones, acepto el Buondí Motta como alternativa). En fin, que la crostata es importante.

Pero estoy digresando. El martes pasado Monica me regaló una crostata. Con esta frase de ocho palabras realmente digo muchas cosas más: digo que he conocido a Monica, que ella ha cocinado una crostata (para Jorge y yo), que hay muchas más cosas que se han movido junto con esa crostata.

Que sólo después de dos años recorriendo la Vía de la Plata haya acabado coincidiendo con Mónica podría parecer una pena. Yo prefiero verlo como una señal (inescrutable) del destino, que ha hecho que nos crucemos en este momento de nuestras vidas. 

¿Y la crostata viajera? Recorrió media España, fue abierta en una merendola en el Lago de Sanabria, y acabó como postre en Santiago. Deliciosa.

Leave a Reply