
Van ya más de tres años, ha sido una moda en toda regla, desde los gin tonic bar (aparecidos en Madrid en 2010 y en Sevilla, cual provincia, anteayer) hasta el gin tonic corner del Corte Inglés, donde puedes elegir entre 30 ginebras, 4 tónicas y un sinfín de añadidos, desde la pimienta rosa hasta el cardamomo.
Hoy estoy de mala leche, así que no me voy a cortar. Que no sabes beber? Pídete un whisky & cola de toda la vida, hombre. Porque si no parecerás al que sin saber de música se pone a escuchar Los Tres Tenores.
Que es una bebida refrescante. No lo niego, pero no hay otra cosa?
Que si los matices de la ginebra. De verdad los notas? Anda anda… vamos a tomar ginebra a palo seco, y ya hablaremos de los botánicos.
Que si es lo que los cocineros bebiendo después del pase. Entonces es que sois idiotas.
Allá fuera hay un mundo, y una historia, de alcoles por beber. Cócteles clásicos (en cuantos bares me sabrán hacer no digo un Gimlet o un Whisky Sour, sino un básico Negroni? “Negro-qué?”). Whiskies de malta, single o blended (en un local de Córdoba, cuando pedí un Johnnie Walker etiqueta negra, cosa más decente que tenían – aún así un blend digno – me preguntaron si lo quería con Coca-Cola o con qué). O combinados, sí, más suaves – el Patxarán con Coca-Cola de Rosana, defensa segura contra el garrafón, o el Gin y Coca-Cola de Pau Arenós, geniales los dos en su absurdez, o el clásico vodka&tonic de Mikel Iturriaga. Pero ya basta, por favor, con el gin tonic.
(El de la foto? Es una Michelada: cerveza, sal, salsa Worcester, picante, zumo de limón, hielo)